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Opinión: El triste final que Doña Griselda y su ego escogieron

En su futuro cabía o su ego o su éxito político profesional y en esa batalla el ego resultó triunfador. A Doña Griselda Martínez Martínez, la suerte que tuvo en la vida que la llevó a ser 6 años alcaldesa del municipio más importante del estado, no le sirvió de mucho cuando su ego tomó el control de su actuar y se tradujo en soberbia, en necedad, en pleito innecesario y sin sentido.

Y este 15 de octubre, marca seguramente el final, de una trayectoria política que pintaba para más; y ese final que a su vez marcado por un bono millonario a todas luces ilegal, inmoral y bastante burdo.

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Griselda Martínez Martínez llegó a la presidencia municipal de Manzanillo con el mérito de estar en el lugar adecuado, en el momento preciso… Y aún así, su ego —en el que a todas luces esa soberbia solo busca ocultar sus enormes inseguridades— convirtió esa suerte en algo negativo, que la llevó al enojo con la hoy gobernadora Indira Vizcaíno.

¿Cómo se atrevió Indira a buscar la diputación federal por el distrito electoral 02 con cabecera en Manzanillo y rechazar la posibilidad del Senado? Y es que esa decisión, de rebote, le cerró a Doña Griselda la posibilidad de ser diputada federal, pero la convirtió en la segunda (o tercera) persona que ejercía el mayor presupuesto público del estado.

En lugar de decir “gracias” —a la vida o a Indira—, Griselda Martínez decidió que Indira Vizcaíno sería su enemiga; que aunque estuvieran en el mismo partido (Morena), tuvieran pasado en el mismo instituto político (PRD) y tuvieran también adversarios políticos comunes (PRIAN), pues no, no había oportunidad para hacer equipo o al menos llevar la fiesta en paz.

Si no había razones para tener diferencias, eso no es problema, Doña Griselda tenía la creatividad para inventarlas; “que me tendieron la mano, que bajaron la guardia, no importa, mi ego me dice que yo soy más grande, que debo pelear y que no importa si gano en la realidad, porque en mi mente, yo siempre tengo la razón y es el mundo el que está mal y no me comprende”, algo así sonaba en el monólogo interno de la manzanillense.

Y la hoy gobernadora, una política tan inteligente como pragmática, llegó un punto en que dejó de intentar llevar la fiesta en paz. Y cuanta partida jugó contra Doña Griselda, cuanta partida le ganó a Doña Griselda.

Se alió con adversarios y adversarias de la hoy gobernadora, sólo por fregar. Así invitó a Martha Zepeda de secretaria del Ayuntamiento; lo que las unía era la animadversión (casi obsesión) contra Indira.

Y ese duo, hizo política con el hígado. Con el segundo presupuesto más importante del Estado (o tercero, si consideramos la Delegación de Programas para el Bienestar el segundo), y con un poco de suerte, logró sobrevivir la reelección siendo abiertamente adversaria de la candidata a gobernadora de su partido… Pero esa suerte, le dio gasolina al ego y el ego convirtió la suerte en soberbia y se creyó invencible.

Doña Griselda quería ser senadora, estar en el Congreso de la Unión era su sueño. Ahí habría sentido, por fin, que triunfó en la vida. Pero ya sabía que no contaría con el aval de la gobernadora para ser candidata al Senado —pues ella misma había buscado incendiar su relación con la mandataria estatal—. Aún así, estuvo a punto de llegar a la candidatura al Senado.

En las encuestas estaba bien posicionada, pero tuvo miedo del poder de la rival que se había inventado. Entonces se dio por derrotada antes de tiempo y subió su apuesta: hizo un plantón y lanzó acusaciones a diestra y siniestra; entre ellas, que la gobernadora le había acercado lavadores de dinero a la campaña presidencial de la hoy presidenta de México.

Y como en la plaza pública o la entrevista es fácil acusar sin pruebas, tomó de chivo expiatorio a un empresario reconocido en Manzanillo; el pobre —en sentido figurado— Rubén Álamo padre, ni la debía ni la temía, y resultó manchado por Doña Griselda.

En una campaña electoral, polarizada y polarizante, con una oposición que se sabía perdida, no dejaron pasar desapercibidas las declaraciones de Doña Griselda, y las usaron como combustible y como argumento de su propia narrativa.

“Hasta en Morena acusan a la candidata presidencial de tener el respaldo del Crimen Organizado”, gritó la oposición en voz de sus Lorets de Molas.

Esas notas llegaron a las manos del entonces presidente nacional de Morena, quien pudo guardar las posiciones que quería ofrecerle a la beligerante Doña Griselda.

Error de cálculo el de Doña Griselda; de esos errores de quien o se cree muy fuerte, o no sabe tener éxito y su inseguro ego le lleva a autosabotearse.

Y siguiendo con los errores de cálculo: decidió irse a Movimiento Ciudadano, una marca sin arraigo en Manzanillo, y, para ello, se alió con lo que siempre había presumido combatir, se alió con el PRIAN y el grupo político del exgobernador Nacho Peralta. Pero quedó en un lejano tercer lugar, sin premio de consolación.

Y como eso de tomar malas decisiones y fracasar con ellas puede ser adictivo, en los meses que le quedaron de gobierno tras la derrota, pues bien valdría coleccionar algunas pésimas decisiones más. Así se le ocurrió darse un bono de finalización de mandato; en un esquema que está prohibido en la Constitución federal y en leyes federales y estatales.

Quien pudo ser recordada como una política brava y frontal, pero en la superficie congruente y honesta; terminó dejando evidencia de que, además de soberbia y peleonera es también corrupta.

Triste final. Pero el final que Doña Griselda y su ego escogieron.

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