OPINIÓN: Virgilio, amigo, creo que te estás equivocando de camino
Virgilio Mendoza es mi amigo y precisamente por eso me tomo el atrevimiento de decir que creo que se equivoca en la actitud y en la ruta política que ha decidido seguir. Las aspiraciones personales son absolutamente legítimas; romper o poner en riesgo un proyecto político por una aspiración personal me parece un error.
Las alianzas políticas no pueden defenderse sólo cuando nos benefician y desconocerse cuando anticipamos que ya no nos darán lo que queremos. Si una coalición tiene sentido, es porque quienes la integran coinciden en un proyecto político suficientemente amplio como para caminar juntas y juntos, aun cuando existan diferencias. De lo contrario, deja de ser una alianza para convertirse simplemente en un reparto de posiciones.
Virgilio Mendoza hoy es senador gracias a Morena. Tendría que reconocer que llegar al Senado fue, en buena medida, una concesión política que Morena y sus liderazgos en Colima hicieron para fortalecer la coalición de la Cuarta Transformación. ¿Cómo entender, si no, que Morena obtuviera cerca de cinco veces más votos al Senado que el Partido Verde? Morena aportó alrededor de 120 mil votos a esa fórmula; el Verde, cerca de 25 mil. ¿Con los votos exclusivos del Verde Virgilio habría llegado al Senado? Evidentemente no.
El Partido Verde ha sido aliado de Morena porque le ha convenido serlo. En términos de posiciones políticas, presupuestos y capacidad de gestión —tres elementos fundamentales para ejercer la política— siempre resulta más conveniente formar parte de un gobierno que permanecer en la oposición.
Y eso no tiene nada de malo. Así funciona la política de coaliciones en prácticamente cualquier democracia. Morena también obtiene beneficios de esa alianza. El Verde ha contribuido a conquistar y conservar espacios de poder, ha sumado votos, estructuras, liderazgos regionales y ha sido vía para acercar a un segmento del electorado que no coincide con algunos postulados o formas de hacer política del partido gobernante.
Pero también es cierto que el Verde ha sido una fuerza complementaria. Quienes dirigen al Verde a nivel nacional saben perfectamente que, por sí solo, difícilmente tendría la capacidad para alcanzar el nivel de representación política que hoy posee.
Claro, una fuerza política minoritaria también puede jugar a ser el fiel de la balanza. Puede amenazar con irse hacia el otro lado de la ecuación y provocar derrotas. Pero eso implica otra pregunta para Virgilio: ¿de verdad cree que los números recientes del Verde en Colima alcanzan para hacerlo? Si el Verde decidiera ir con la oposición, ¿realmente la haría ganar? ¿Con base en qué datos sostiene esa posibilidad?
Los números recientes dicen otra cosa. Por sí solo, el Verde probablemente obtendría apenas un puñado de regidurías en todo el estado. Difícilmente conseguiría diputaciones locales, alcaldías, diputaciones federales o una senaduría. Esa es la realidad electoral.
Pero incluso si los números fueran otros, mi argumento seguiría siendo el mismo. Las coaliciones no existen únicamente para ganar elecciones. Existen porque quienes las integran consideran que tienen suficientes coincidencias para construir un proyecto común de gobierno.
Morena y el Partido Verde nunca han sido idénticos. Nunca han pensado exactamente igual. Pero por casi una década han encontrado más razones para caminar juntos que para separarse.
Si hoy esas diferencias son tan profundas en Colima como para justificar una ruptura, entonces habría que explicarlas con argumentos políticos e ideológicos de fondo, no solamente con cálculos electorales o con una aspiración legítima a competir por una candidatura.
A Virgilio hay que reconocerle algo: siempre ha sido un político capaz de construir interlocución. Nunca ha convertido a sus adversarios en enemigos. Esa ha sido una de sus mayores fortalezas. Gracias a esa capacidad pudo llegar un día a San Lázaro aliado con el PRI y años después llegar al Senado aliado con Morena.
Pero una cosa es entender que la política exige diálogo y otra muy distinta perder de vista que también existen límites. Y esos límites los marcan los principios.
¿Cómo entender, por ejemplo, que hoy sugiera la posibilidad de una alianza entre el Partido Verde y Movimiento Ciudadano y Griselda Martínez?
Griselda Martínez ha acusado a Virgilio Mendoza —en público y en privado— de algunas de las cosas más graves que pueden señalarse en política. Ha sostenido durante años que el atentado que sufrió estuvo relacionado con la lucha que emprendió contra presuntos actos de corrupción cometidos por administraciones anteriores. Ha hablado de tarjetas para uso personal con cargo al Ayuntamiento y de muchas otras irregularidades.
Las críticas más duras de Griselda hacia Morena en Colima cuando todavía era parte de ese partido fueron por permitir precisamente cercanía con Virgilio. A mí, personalmente, Griselda me dijo cosas tremendamente malas y graves sobre Virgilio que no pienso repetir porque carecen de cualquier sustento. Pero si se las dijo a un periodista que no es de su confianza, se las dijo a mucha gente.
¿De verdad todo eso puede entenderse simplemente como parte del calor de la competencia política? Si así fuera, entonces habría que aceptar que en política todo se vale y que cualquier acusación puede olvidarse al día siguiente si conviene construir una nueva alianza… Yo no lo creo.
Los límites del pragmatismo los marcan la decencia y los principios. Cuando esos límites se rebasan, el pragmatismo deja de ser una virtud política para convertirse en simple cinismo.
En 2021 el Partido Verde decidió competir solo en Colima. Virgilio sabe perfectamente las complicaciones argumentativas que eso generó. Era muy difícil explicar por qué el Verde era aliado de la Cuarta Transformación en el ámbito nacional y, al mismo tiempo, adversario de Morena en el ámbito local.
Las campañas políticas obligan a construir narrativas. Se defienden proyectos y se cuestionan otros. No es posible utilizar ciertos argumentos para convencer a la ciudadanía en una elección de cierto nivel de gobierno (federal) y usar los argumentos opuestos para otro nivel de gobierno (el local); o que, apenas termina el proceso electoral, pedir que esos mismos argumentos desaparezcan porque ahora resulta conveniente construir una alianza distinta.
Tengo además la impresión de que Virgilio ha dejado de hacer política desde abajo, desde el territorio, para hacer principalmente política entre liderazgos. Basta revisar los medios y redes sociales para advertir que buena parte de su esfuerzo hoy está concentrado en construir acuerdos entre grupos de poder, dirigentes partidistas y figuras políticas. Esa es una forma legítima de hacer política.
Pero también existe el riesgo de perder contacto con aquello que finalmente decide las elecciones: la ciudadanía y el, desde el territorio, recoger las necesidades, anhelos y el sentir de la población a la que buscas representar y gobernar.
Además, cuando hace unos días le preguntaron en qué momento se rompió la alianza con Morena, me llamó la atención que no ofreció un argumento político de fondo para justificar esa postura.
No habló de un cambio en el proyecto de la Cuarta Transformación. No dijo que Morena hubiera abandonado las causas que le dieron origen. No sostuvo que existieran diferencias ideológicas insalvables.
Lo que dijo fue otra cosa: que éste era su momento personal, que dentro de seis años ya no tendrá la misma edad ni la misma energía para competir.
Y ahí es donde, desde mi perspectiva, comienza el problema.
Porque la edad de Virgilio Mendoza, su energía o el momento de su carrera política son asuntos perfectamente legítimos… pero son asuntos personales. ¿Qué tienen que ver con las y los colimenses y con el proyecto de gobierno que esperan para los próximos seis años? Absolutamente nada.
Las candidaturas a la gubernatura no deberían decidirse a partir del momento biográfico de quienes aspiran a ellas, sino de quién logra convencer mejor a la ciudadanía de que representa la mejor opción para gobernar.
Tampoco me ha parecido convincente la manera en que Virgilio ha explicado su decisión de no participar en el proceso interno de la coalición. Por supuesto que tiene derecho a aspirar a la gubernatura. Nadie podría cuestionarle eso.
Lo que no alcanzo a entender es por qué no aceptar las reglas del proceso si durante años respaldó la lógica aliancista que permitió construir esa misma coalición.
Ha dicho que la definición no debería convertirse en “un concurso de popularidad”, sino privilegiar la capacidad. Entonces ya no entiendo.
La política democrática consiste precisamente en convencer a la mayoría. Gobernar implica tener capacidad, experiencia, resultados y liderazgo, pero también respaldo ciudadano.
Si la candidatura finalmente se definirá en una elección constitucional donde millones de personas decidirán con su voto, ¿por qué habría de resultar ilegítimo medir previamente el nivel de respaldo social de quienes aspiran?
La única explicación que encuentro es que Virgilio considere que su trayectoria debería pesar más que la opinión ciudadana al momento de definir la candidatura.
Y no comparto esa visión.
Quizá la experiencia de haber llegado al Senado mediante lo que fue en la práctica una concesión política más que ganar un proceso interno que realmente compitiera por el respaldo ciudadano le hace pensar que esa fórmula puede repetirse.
Hoy, que se busca definir el liderazgo que permitirá a la 4T buscar continuar y profundizar su proyecto de transformación en Colima, los pesos electorales de Morena y del Verde hacen mucho más difícil pensar en candidaturas construidas únicamente desde los acuerdos cupulares.
También conozco, y puedo decir que aprecio, a quien hoy representa el principal liderazgo de la Cuarta Transformación en Colima. Y justamente por conocer a ambos creo que esta historia podría escribirse de otra manera.
He visto que con amenazas, ultimátums o presiones difícilmente se construyen acuerdos políticos duraderos. Así no funciona ese liderazgo de la 4T en Colima.
También he visto que el diálogo, la paciencia y la disposición para negociar suelen abrir más puertas que la confrontación o la amenaza.
No digo que una parte tenga toda la razón y la otra ninguna. Lo que digo es que, cuando dos actores políticos con experiencia dejan el diálogo directo, privado y franco, y empiezan a enviarse mensajes públicos cada vez más duros, normalmente todos y todas terminan perdiendo.
Por eso me sorprende que Virgilio parezca haber optado por la ruta de la ruptura.
Una ruta que implica desconocer que Morena y el Partido Verde han construido durante años una alianza que, con todas sus tensiones, ha resultado exitosa electoralmente y que, hasta donde públicamente se conoce, tanto Jorge Emilio González como Manuel Velasco siguen considerando estratégica hacia el futuro.
En cambio, la ruta que hoy parece seguir Virgilio se acerca más a una visión mucho más confrontativa, más utilitaria y menos aliancista; el respaldo a esta visión lo ha expresado Arturo Escobar, pero no Jorge Emilio ni Manuel. Y esa diferencia no es menor.
E, insisto, una cosa es tener aspiraciones personales. Otra muy distinta es dejar de respetar las reglas que una coalición construyó para procesar esas aspiraciones.
Una cosa es querer competir. Otra es buscar construir una mayoría distinta con quienes, hasta hace poco, eran los principales adversarios políticos.
Quizá Virgilio realmente considere que ese es el mejor camino.
Tiene todo el derecho de pensarlo. Pero yo creo que se equivoca. No porque aspire a ser gobernador. No porque quiera más poder. Eso sería perfectamente legítimo.
Creo que se equivoca porque, desde mi punto de vista, está privilegiando una aspiración personal sobre un proyecto político colectivo que le da sentido a una alianza que está transformando el mapa político del país y de Colima.
Y quiero insistir en algo que para mí es importante. Yo no escribo esto como militante de Morena, porque no lo soy. Lo escribo como alguien que sí simpatiza con los proyectos políticos que promuevan la igualdad y la justicia, pero alguien que, principalmente, cree en la congruencia y en la lealtad a principios y a objetivos colectivos.
Quizá me equivoque y Virgilio ya tomó una decisión definitiva y considere que su futuro político pasa por otro camino. Tiene todo el derecho de hacerlo.
Pero precisamente porque es mi amigo me permito decirle esto públicamente: todavía creo que vale la pena detenerse a reflexionar antes de cruzar ciertos puentes.
Lo conozco desde hace muchos años. Sé que es un político que sabe construir acuerdos, que entiende el valor del diálogo y que rara vez rompe los puentes de manera definitiva.
Por eso me cuesta trabajo pensar que la mejor decisión sea tensar hasta el límite una alianza política que, más allá de las diferencias inevitables, ha sido fundamental para la transformación política que ha vivido el país y que también le abrió al Partido Verde espacios de representación y de gobierno que difícilmente habría alcanzado por sí solo.
Pero sí puedo expresar, como analista y como amigo, que me parecería una lástima que una trayectoria política como la suya terminara alejándose de un proyecto del que ha formado parte y al que también ayudó a consolidar, por diferencias que todavía podrían encontrar cauces de entendimiento.
La política no consiste en conseguir siempre todo lo que uno quiere. También consiste en saber distinguir cuándo una aspiración personal vale menos que un proyecto colectivo. Además, creo que la ruta de la ruptura, al final, lo dejaría en una situación política para él y para su partido menos aventajada que la que podría conseguir en la alianza.
No soy quién para decirle qué decisión debe tomar. Esa responsabilidad es exclusivamente suya. Yo únicamente invito a que, antes de dar un paso que pueda resultar definitivo, se permita hacer una reflexión serena sobre el momento político que vive Colima, sobre el papel que quiere jugar en él y sobre el legado político que desea dejar.
Porque las candidaturas pasan. Los cargos también. Pero las decisiones que toman los políticos en los momentos de mayor tensión son las que terminan definiendo cómo serán recordados.
Virgilio es mi amigo. Y precisamente por eso te digo: Amigo, creo que te estás equivocando de camino.



