Opinión: Las intermedias en EUA, una victoria para la empatía y la esperanza
En una época en la que la política en muchas partes del mundo parece premiar la confrontación, la exclusión y los discursos cada vez más agresivos, los resultados de las elecciones intermedias en Estados Unidos ofrecen una señal esperanzadora.
No es que los Demócratas, que ganaron con contundencia, sean inmunes a esos vicios o a esas formas de hacer política, sino porque muchas de sus victorias muestran que también es posible ganar hablando desde la empatía, la inclusión, la reconciliación y la búsqueda sincera de soluciones a los problemas cotidianos que son comunes entre quienes integran una sociedad.
“No fue una ola azul, fue un tsunami”, dijo Ted Cruz. Y sí, el avance demócrata fue contundente: conquistó la mayoría en ambas Cámaras del Congreso estadounidense y ganó gubernaturas en estados tradicionalmente republicanos, como Ohio, Georgia y, el más relevante, Texas. Es una derrota que cambia el equilibrio político estadounidense y representa un serio revés para el presidente Donald Trump.
Pero más allá de los números, me parecen especialmente significativas algunas de las historias que dejó la elección. Mujeres, latinos, afroamericanos, indígenas (o nativos estadounidenses) y representantes de minorías religiosas y de la diversidad sexual alcanzaron posiciones que durante generaciones les estuvieron prácticamente vedadas.
Deb Haaland, en Nuevo México; Gina Hinojosa, en Texas; Abdul El-Sayed, en Michigan, y Peggy Flanagan son algunos de los nombres que ilustran una transformación que va más allá los intereses partidistas. Son ejemplos de una sociedad que, a pesar de sus profundas contradicciones y diferencias, mayoritariamente decidió seguir abriendo espacios a quienes históricamente fueron excluidos del poder.
¿Estos resultados son una buena noticia para México? No necesariamente, no en todos los sentidos y no en automático.
La analista Viri Ríos ha advertido que un Trump debilitado políticamente podría volverse más agresivo en asuntos especialmente sensibles para nuestro país, como la migración, la seguridad y el comercio. No me parece descabellado y comparto la esencia del argumento.
Conocemos suficientemente al personaje como para anticipar que la frustración de una derrota puede traducirse en desplantes de fuerza, incluso contrarios a la lógica económica o diplomática. Aunque también es razonable esperar que, frente a un escenario adverso, comiencen a aparecer contrapesos dentro de su propio partido.
De hecho, las críticas ya vienen desde el corazón del republicanismo. Ted Cruz, senador por Texas y uno de los principales referentes conservadores, atribuyó la derrota a la desconexión de su partido con las dificultades económicas de las familias. Criticó que mientras el gobierno presumía indicadores favorables, millones de estadounidenses seguían preocupados por la escalada en los precios de los alimentos, la gasolina y la electricidad; lo que por cierto, lo atribuyó a la política arancelaria del presidente.
Incluso el vicepresidente JD Vance también señaló el descontento con las prioridades de la administración, particularmente la guerra contra Irán. Son diagnósticos relevantes porque no provienen de adversarios políticos, sino de figuras centrales del propio movimiento republicano, del propio entorno presidencial.
Así que esta elección también deja una lección aplicable en otras latitudes: la soberbia de gobernar sin escuchar, más temprano que tarde, termina pasando factura. No basta con asegurar que un problema no existe o está superado, la percepción ciudadana no se modifica con discursos triunfalistas.
Pero hay otra lección que me interesa particularmente: la participación de las juventudes y la manera en que algunas campañas consiguieron conectar con ellas.
Los casos de James Talarico, en Texas, y Abdul El-Sayed, en Michigan, merecen estudiarse. Talarico, quien fue maestro de secundaria, construyó una comunicación centrada en los problemas concretos de las familias, con un lenguaje de conciliación y empatía. Su primer discurso tras su victoria electoral, es realmente hermoso: y no le habla sólo a quienes lo llevaron a la victoria, le habla también a quienes lo rechazaron y con ellos se asume parte de la misma comunidad. Son también sus vecinos.
El-Sayed, médico y especialista en salud pública, enfrentó ataques por su religión y origen, pero respondió con una comunicación fresca, franca y frontal, haciendo de su propia historia un argumento a favor de la inclusión.
Sus campañas tienen diferencias importantes, pero comparten algo que considero fundamental: no parecen diseñadas únicamente para convencer a quienes ya están convencidos. Buscan hablarle también a quien desconfía de la política, a quien se siente ignorado, a quien simplemente dejó de interesarse en los asuntos públicos, e incluso a quien tiene algún rechazo fundado o infundado hacia lo que estos candidatos creen, proponen o son.
Y comprendieron algo que muchos políticos todavía no entienden: las redes sociales no son solamente un espacio para la difusión de boletines, fotografías de reuniones o fragmentos de discursos. Las redes son un lenguaje propio, una manera de conversar, de escuchar y de construir comunidad: son memes, son frases propias, son trends, son un espacio para encontrar los puntos de coincidencia.
La autenticidad de personajes como Talarico o El-Sayed, las propuestas económicas concretas y la capacidad de comunicarse mediante los códigos de las nuevas generaciones no explican por sí solas una victoria electoral. Pero todo lo anterior combinado nos da pistas muy valiosas para quienes buscamos entender cómo se construye hoy una relación de confianza entre representantes y ciudadanos.
No creo que una elección sea suficiente para afirmar que Estados Unidos, y mucho menos el mundo, están abandonando la política de la confrontación. Sería ingenuo pensando. El presidente sigue siendo el mismo, su equipo (hasta el momento) no ha cambiado, y acciones políticas que recurren al miedo, la división y el resentimiento conservan una enorme capacidad de movilización.
Pero sí creo que estos resultados nos recuerdan que esa no es la única manera de hacer política. Que hay espacio para liderazgos capaces de hablar con firmeza sin recurrir al odio, de reconocer las diferencias sin convertirlas en enemistades y de construir mayorías desde la empatía.
Ojalá esa sea una de las lecciones que trasciendan las fronteras estadounidenses. Porque ganar elecciones importa, pero importa todavía más entender por qué se ganan y por qué se pierden.
Estoy convencido de que escuchar a las personas, comprender a fondo y empatizar genuinamente con sus problemas y tratarlas con respeto no debería ser una estrategia electoral novedosa: tendría que ser el principio más elemental de la política. Creo que las y los buenos políticos, antes que ninguna otra cosa, tienen que ser buenas personas.



