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@Marca_Personal: El protocolo policial, clave para evitar más inocentes baleados

La primera y más importante empatía que nos debe generar el caso del adolescente baleado por un policía estatal, es precisamente hacia la víctima: un joven que, más allá del deslinde de responsabilidades de cada uno de los involucrados, no tendría porque estar con un pulmón perforado, con la columna y la vida destrozada.

Claro que también podemos sentir empatía por el policía que cometió este lamentable e irreparable error. Enfrentan los policías colimenses en desventaja una guerra contra el crimen organizado: ellos mal armados, mal capacitados, mal pagados y sujetándose (o teniendo que hacerlo) a la ley y el respeto a los derechos humanos; ante un rival bien armado, bien entrenado, bien pagado y que no tiene que seguir ninguna ley más que la del más fuerte. Eso pone a los policías en un estado permanente de alerta, de tener que ser más ‘vivo’ para no caer en estos enfrentamientos.

Seguramente si hace 15 años hubieran escuchado una serie de explosiones en diciembre, habrían anticipado que eran juegos pirotécnicos, habrían llegado en actitud más paternal con los adolescentes, los cuales no habrían huido con miedo y estas líneas no se estarían escribiendo; pero resulta que en el año han matado a casi una decena de uniformados, que Colima es el estado con mayor tasa de homicidios dolosos del país y que noche + sonido de explosión + camioneta + alta velocidad es en este Colima del 2018 un sinónimo de “asunto relacionado con el narco”.

Sin embargo, aunque entendamos las causas de los errores, no podemos justificarlas. Los policías no nos hacen el favor de cuidarnos, reciben un sueldo por ello y es su obligación hacerlo siguiendo la ley y los protocolos que de ella emanan. Que si los sueldos son bajos, que exijan su aumento, pero jamás se podrá justificar una mala actuación por un sueldo que el servidor público considere bajo.

De los policías se espera la templanza para hasta en los momentos de mayor estrés, sorpresa, incertidumbre, poder tomar la decisión correcta, la que minimice los riesgos para la sociedad. Por eso hay protocolos, para indicar la ruta que minimiza las posibilidades de que las cosas “salgan mal”, que ante una situación excepcional o imprevista se cometan errores con consecuencias irreversibles.

En una revisión rápida les compartimos en EstaciónPacífico.com un precepto legal estatal y protocolo nacional, los cuales coinciden en que el uso de la fuerza letal (que pone en riesgo la vida) debe ser el último recurso y ser en respuesta sólo ante una agresión de la misma proporción (es decir, que también pone en resto la vida).

Este artículo 111 de la Ley del Sistema de Seguridad Pública para el Estado de Colima, o el paso a.6. en la explicación del uso de la fuerza para lograr una detención, contenido en el Protocolo Nacional de Primer Respondiente avalado por el Consejo Nacional de Seguridad Pública, dejan claro que en el caso de estos adolescentes, tuvieron que haberlos dejado huir siempre y cuando de ellos no hubieran recibido una agresión que pusiera en riesgo la vida de los uniformados.

Quedan también dudas sobre cuál es la normativa que rige que algunos elementos de la Secretaría de Seguridad Pública estén en servicio sin estar uniformados, que circulen en una unidad que no esté rotulada y, si fueran de la división de Policía de Inteligencia, si además de hacer —como su nombre lo indica— “inteligencia” si también pueden hacer detenciones.

La reacción que debería darse por parte del Gobierno estatal es sencilla de anticipar: se debe revisar y comunicar qué protocolos fallaron o no se aplicaron, y un plan de acción para que no se vuelva a repetir, el cual seguramente tiene que incluir importantes componentes de capacitación.

El policía que detonó su arma en tres ocasiones, tendrá que seguir su proceso judicial, sin concesiones, pero también sin ninguna saña en su contra.

La tragedia ya no se puede revertir, pero lo que hoy hagamos o dejemos de hacer para afianzar los protocolos de actuación policial, definirá si estas tragedias las evitamos o las repetimos.

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