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Cultura

Crónica: Vine a Los Pinos porque me dijeron que era el nuevo Castillo de Chapultepec

Carlos Alvarez 05/01/2019

NOTA DEL EDITOR: Carlos Álvarez (editor de Arte de EstaciónPacífico.com) visitó Los Pinos el 7 de diciembre, a menos de una semana de su transformación de Residencia Oficial, una casa y oficinas para la familia presidencial, en un Complejo Cultural para todos los mexicanos. Sus impresiones no reflejan necesariamente las de EstaciónPacífico.com).

La apertura de Los Pinos, hasta hace unos días y durante 84 años la Residencia Oficial de los presidentes mexicanos, cerrada al público en general y abierta solo a unos pocos, parecía un buen pretexto para viajar más de 700 kilómetros y conocer este espacio histórico.

Es un encierro, una pared que no es perceptible, un cancel que no terminas de rodear, todo albergado bajo un bosque con piso de pasto fino siempre barrido. Y siempre bajo el patrocinio del erario.

En la visita del pasado 7 de diciembre desde Colima hasta Los Pinos, ahora promocionado como “Complejo Cultural”, imaginaba un espacio público donde conocería cosas sobre México. Los soldados, amables y sonrientes, ya no infunden el temor que el otrora Estado Mayor bajo la premisa “Nadie toca al presidente” de otros tiempos, y ahora dan la bienvenida, ofrecen información y hasta acceden a tomarse ‘selfies’ con la horda de paseantes que, día con día, atiborran este espacio desde temprana hora.

Son 15 para las 10 de la mañana y las puertas ya están abiertas de par en par. Paso sin preguntar y sin que nadie me cuestione, hasta que más adelante me alcanza un elemento de la Policía Militar, me dice que puedo pasar a ver Molino del Rey y caminar por ahí, pero que las residencias abrirán hasta las 10. Me parece que 15 minutos para caminar hasta la entrada me serán suficientes, así que paseo tranquilo tomando fotos y videos, haciendo amistades (quienes en reciprocidad me sacarán fotos) y me maravillo con todo lo que se ofrece a mi vista.

Mientras camino por la Calzada de los presidentes, después de pasar el primero y único cordón de seguridad, no puedo dejar de pensar que ninguno se parece a su estatua —otros dirán que sí, o que al menos algunos de ellos— y trato de sentirme como alguno de los presidentes que me miran en su forma metálica, bien rectos mientras me dirijo hacia su anterior morada.

Llego a la entrada de la primera casa cerca de las 10:30 de la mañana, junto con mucha más gente: se me emparejan grupos de estudiantes, familias, enamorados, abuelitos, jóvenes, niños, mujeres y hombres a quienes nos recibe un espacio amplísimo de doble altura con candelabro y unas escaleras dignas de un palacio. Arriba, un balcón desde el segundo piso con un barandal con el escudo nacional al centro.

Yo había visto esto antes… ¿Dónde? ¡Claro! En una foto de Angélica Rivera, ‘La Gaviota’, que ahora muchos intentan (intentamos) replicar.

Escucho indicaciones de los encargados sobre dónde inicia el recorrido y camino entre pasillos, entrando a habitaciones designadas, entre letreros de no pasar y no tocar —tampoco hay mucho en la mayoría de las estancias, dicen que se llevaron los muebles, las obras de arte ¡y hasta la cubertería!

Reconozco los logos de la administración pasada, pero no mucho más. Decoraciones afrancesadas y mobiliario de primera, bibliotecas y bibliotecas, algunos cuadros y plantas. Todo carente de información. Yo quiero saber y nadie me contesta: ¿Dónde se sentaban los presidentes un domingo en la mañana a desayunar?, ¿se aparecen los fantasmas de los expresidentes?, ¿dónde se firmaron los acuerdos importantes o donde dormían los visitantes? En este “Complejo cultural” es verdaderamente complejo allegarse de datos culturales.

Paseo entre casas, admirando espacios individuales como clósets, baños, salas y cocinas que por sí solas son más grandes que la casa entera donde vivo, comedores con sillas suficientes para sentar a toda mi familia y amigos, innumerables salas de reuniones con igual o incluso más sillas aún.

¿Prefiere el Gobierno de México exhibir la nada en lugar de darse el tiempo de montar un centro cultural digno de los mexicanos? O, ¿es este un montaje sobre su propio discurso acerca de la brecha entre la “clase política” y “el pueblo”?

Vuelvo sobre mis pasos al darme cuenta de que me salté uno de los edificios: la casa de Miguel de la Madrid —nacido en Colima—, en la cual lo único que está abierto es una gran oficina redonda con pinturas de todos los presidentes que aquí han vivido. La figura de Peña Nieto me sale al encuentro.

El recorrido de dos horas, cuatro casas diferentes y muchas filas ofrece una sensación de conocer mejor el patrimonio nacional, estar donde quizá se levantaban los presidentes por la mañana y se tomaban el café matutino —¿o te, o licuado? Nadie explica—, donde se acostaban por la noche. Un espacio desde donde se regía al país.

Regreso a Colima y me gustaría decir que me encantó visitar Los Pinos. La verdad es que quedé insatisfecho. Como muchos, esperaré su completa transformación en un “Complejo cultural” que aporte conocimiento a los mexicanos, deseo ver exposiciones formales sobre la historia que esta residencia atestiguó: 14 presidentes vivieron en ella, fue protagonista de casi un siglo del relato nacional.

Un bosque privado y muchos edificios como para sólo pasear y ver muebles. Espero un museo digno de compararse con el Castillo de Chapultepec.

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